lunes, 6 de mayo de 2013

CATOPTROFOBIA. (La foto que no hice pero algún día haré)

Nunca me había planteado hacerme una serie de autorretratos. Quiero decir, hacer un proyecto fotográfico sobre mí misma, reflexionando sobre el contenido, el por qué y el para qué.



Cuando mis compañeros fotógrafos me decían lo difícil que les estaba resultando enfrentarse a la cámara, desnudarse delante de ella, editar esas fotos y escribir sobre ellas, yo no terminaba de comprenderlo, pensaba "Si solo son fotos, igual que se las haces a un conocido o a un desconocido, aprietas el botón y sale... ¡la magia de la fotografía!". Tampoco me había detenido a pensarlo nunca, y esa respuesta impulsiva no era más que el producto de la falta de empatía. (Ahora que lo veo desde otro punto diferente, me habría gustado decir otro tipo de cosas a esas personas que me hablaron de la dificultad del autorretrato).

Y por supuesto que me había hecho fotos a mi misma anteriormente, pero siempre disfrazada de otra persona que no era yo, siguiendo los pasos que seguiría una aprendiz de Cindy Sherman, sin apenas saberlo.

Esta reflexión ha nacido de la desesperación, de este terrible momento en el que me encuentro, al que yo hago alusión como "época de exámenes" , aunque tenga más entregas de trabajos que exámenes. Esta época de exámenes combinada con mi fascinación por dejar las cosas para el último momento, me llevaron a tomar la desesperada decisión de hacer del proyecto de retrato una serie de autorretratos, total, no podía ser tan complicado.
Tras tomar esta decisión, pensé en hacerme las fotografías en lugares importantes para mi, mostrando mi habitual estado de ánimo en cada una de esas estancias. Estaba contenta con la decisión tomada, así que cogí mi cámara y mi trípode, y me planté en la casa de un buen amigo. Me colé en su habitación y me puse a tirar fotografías... El resultado fue desastroso, conseguí hacer unas veinte, todas prácticamente iguales, aunque yo no paraba de repetirla una y otra vez, básicamente porque no me veía reflejada en ellas, o quizás porque no me gustaba lo que se veía reflejado.
En ese momento, siendo tan tozuda como acostumbro, me enfadé y decidí plantarle cara al problema. Me desnudé, puse el temporizador y apreté el botón, me coloqué delante de la cámara con la misma postura que tienen los maniquís en los escaparates, y justo antes de que sonara el "click" del obturador me aparté, como quien se aparta del borde del precipicio justo antes de saltar.

Yo siempre me he considerado una persona valiente, que intenta hacer frente a sus miedos y superarlos, sin demasiadas lamentaciones ni quebraderos de cabeza, pero haberme sentido tan vulnerable frente a mi propia cámara me ha hecho plantearme un reto a nivel personal.

Catoptrofobia, nº 16. La no yo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario